Si medio grupo paró a las pocas páginas, dedica diez minutos a leer un pasaje juntos y comenten eso: saldrá un seminario mejor que el que llevabas preparado. Si sí lo leyeron y aun así no arrancan, el problema no es la preparación y esperar no lo va a arreglar.
En un grupo de este tamaño la lectura del tutor es el ancla más fuerte del aula, y una pregunta enmarcada con ella vuelve casi intacta. Plantea la tesis en seco, recoge y da tu opinión cuando el reparto ya esté en la pared.
Un alumno que no defenderá una opinión como suya explicará encantado qué podrían estar pensando las cuatro personas del extremo izquierdo. Tener algo en la pared a lo que señalar convierte un riesgo personal en un objeto compartido, y es la entrada más barata al debate para quien la necesitaba.
Si casi todos aterrizan en el cuatro o el cinco, les has pedido resumir la lectura en vez de juzgarla. Elige la afirmación que el texto deja de verdad abierta, y si el grupo coincide igualmente, afílala sobre la marcha y vuelve a preguntar: cuesta treinta segundos.
«La objeción más fuerte aquí dice que la muestra se eligió para encajar» mantiene vivo el argumento sin obligar a nadie a defenderlo. En un grupo que se ve cada semana, atribuir una postura es lo que hace que la gente deje de tomarlas.
Esto es una jugada de apertura. Si el debate está en marcha, no lo interrumpas para recoger otra tanda de respuestas: un seminario convertido en encuesta ha perdido justo lo que intentabas proteger.