Al final mide quién ganó la discusión. Al principio te enseña la sala en la que estás de verdad, incluidas las tres personas que nunca lo iban a decir.
Dos preguntas, no una que se reabre: añádela dos veces, una antes del debate y otra para cerrar. Lanzas la primera, se debate y al final lanzas la segunda. Si no se movió nada, el debate no le cambió la opinión a nadie y la reunión puede durar menos. Si se movió, ahí está la reunión ganándose su hora. En pantalla solo se ve la pregunta que está abierta, y no tienes que hacer nada para conservar la primera ronda: al lanzar la segunda, la primera se cierra sola y su resultado se guarda tal cual. Las dos quedan en el resumen, una debajo de la otra, para leerlas al terminar.
Seis a favor y cuatro en contra no es un acuerdo amplio. En una reunión de decisión, el número que importa es cuánta gente está al otro lado, y un promedio está diseñado para esconder justo eso.
Escribe la decisión tal y como piensas mandarla y pregunta si eso es lo que se decidió. Los dos minutos que cuesta son más baratos que el hilo que sigue a una decisión que nadie puede citar.
La pregunta de una palabra cuesta medio minuto. Una sala que no sabe decir qué está decidiendo está haciendo una puesta al día, y una puesta al día no necesita nueve personas ni sesenta minutos.